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Verdugos de la vida

25 de agosto de 2014

Recuerdo su rostro aquel día, era cómo el de una muñeca de porcelana, estaba blanco, frío y parecía como si en cualquier momento fuera a romperse, era una bonita muñeca rota pero con el rostro intacto. No se tiene verdadero terror hasta que no ves a la muerte en las vacías pupilas de una persona que sabes que se ha roto para siempre. Sinceramente, ella no era una buena persona, en aquel momento ya no lo era. Pero no merecía morir así, no merecía irse de este mundo sin ser juzgada por la verdadera justicia. Fuimos duros con ella, la vida fue dura con ella, ella misma acabo siendo dura con ella. Y al final fue cruel. 

Todos, en algún momento, tras conocer su verdadero rostro, hemos sentido asco, odio, la hemos repudiado o la hemos ignorado, o todo a la vez. Y todo porqué ella había hecho pedazos nuestros corazones. Jugaba con la gente porque era lo único que se le daba bien. Era su defensa contra el mundo y hoy creo, cómo siempre creeré, que hasta el final no se dió cuenta realmente de lo terrorífica qué era ni del daño que había causado. Cómo se le diría a un niño pequeño, era una persona mala, una persona a la que no debías acercarte. Hasta ahora no lo había pensado.