Era una noche clara, iluminada por la luz de la luna nueva.
No había nubes, el cielo estaba limpio y las estrellas titilaban a millones de
años luz. Hubiera sido un bonito paisaje de no ser por el lugar que iluminaba.
El joven se quedo parado, exhausto de huir de sus perseguidores. No tenía miedo
que le atrapasen, no allí.
El agua estaba quieta, en calma y el lago, que más parecía
mar por no poder verse donde finalizaba, no le tranquilizó ni un instante. De
día eran aguas en constante movimiento, incluso cuando no hacia ningún tipo de
brisa. Por la noche se quedaban sigilosas, calladas, expectantes por una presa
que errara en su camino. Ni de día ni de noche y ni siquiera en la madrugada o
el atardecer había alma que se atreviera a acercarse.
La cuestión era simple y una advertencia no escrita. Ni en
libros ni en leyendas que estuviesen al alcance de las criaturas moradoras de
los alrededores, sólo el recuerdo de los que nunca volvieron. Pero todos se
mantenían alejados, todos sabían que no debían acercarse. Las aguas eran de
color negro. No estaban sucias, de hecho eran limpias. La oscuridad las
envolvía como una neblina que bailaba por su superficie. No había reflejo
alguno, luz ni atisbo de ella.